REY DE MARCIA

Proyecto transmedia que fusiona narrativa, música y arte visual para construir un universo

Una saga de ciencia ficción

Rey de Marcia es una historia en desarrollo desde hace más de 10 años.

Una saga de tres libros, tres protagonistas y múltiples líneas narrativas que se cruzan en un futuro postapocalíptico.

Cada libro está diseñado como una obra extensa (120,000+ palabras), comenzando con SIREN, donde inicia el núcleo de la historia.

El proyecto también incluye una banda sonora original de más de 25 canciones, desarrolladas en tres álbumes que acompañan la narrativa.

Utilizando arte conceptual y herramientas de inteligencia artificial, este universo es construido por un solo creador, permitiendo llevar una historia de gran escala directamente al formato digital.

LIBRO I: GUERRAS TRISIANAS

En los confines del universo, donde el tiempo y la materia se fracturan, dos figuras gobiernan el destino de Marcia: King y Astroidea.

En medio de una guerra que trasciende mundos, deberán enfrentar a los dragones de Trysia, una fuerza capaz de extinguir toda existencia. Lo que comienza como una lucha por poder, se convierte en una batalla por la supervivencia del universo mismo.

LIBRO II: SIREN

Serena O’Conner vive en un mundo donde la humanidad ya no se gobierna a sí misma.

Tras la Tercera Guerra Mundial, la Tierra fue adquirida por W.I.L.D., una organización que controla el destino del planeta. Cuando su padre —líder de esta entidad— desaparece, Serena se embarca en una búsqueda que la llevará más allá de la realidad conocida.

Pero lo que descubrirá podría redefinir todo lo que creemos sobre la humanidad… y su lugar en el universo.

LIBRO III: TERRA MALDITA

Antes del colapso, antes del control, existió un origen.

Este capítulo revela la historia de la Tierra, el nacimiento de W.I.L.D. y el descubrimiento de un puente entre dimensiones. Una conexión que no debía abrirse… y que desatará consecuencias imposibles de contener.

Aquí comienza la verdad detrás de todo.

LIBRO II: SIREN

CAPÍTULO I — ANTES DEL FUEGO

El destello los dejó ciegos. No fue una luz normal. Fue un golpe de blanco absoluto que atravesó párpados cerrados, quemó retina y les arrancó el aliento por un instante, como si alguien hubiera desconectado de golpe el sistema respiratorio de la nave y les hubiese robado el aire del pecho.

Luego la luz murió.
Y el universo volvió.

Flotando en asientos de inserción, asegurados por arneses magnéticos y la inercia domesticada de la microgravedad, los cuatro miembros del Equipo Alpha abrieron los ojos casi al mismo tiempo y miraron al mismo lugar: Marte.

El Sol se alzaba detrás del planeta rojo como un disco furioso. No luz cálida. Luz vieja. Luz cansada. Luz quemada de tanto existir.

La estrella delineaba el contorno del planeta y le daba un filo líquido, rojo y oro. Desde esa altura orbital, las tormentas de polvo parecían mares vivos en combustión, corrientes reptando a través de valles enteros, como si el planeta sangrara bajo su propia corteza. Había remolinos que se extendían cientos de kilómetros; desde allí arriba parecían venas, redes, un sistema circulatorio de un cuerpo gigantesco que seguía respirando con paciencia indiferente.

Cualquiera más habría llorado al verlo.
Ellos no.

Para Alpha, era básicamente el parabrisas de camino al trabajo.
La nave de inserción —una plataforma de despliegue militar sin insignias visibles ni numeración oficial, solo un registro interno encriptado de W.I.L.D.— mantenía posición en una órbita de caída estable sobre el hemisferio sur marciano. La trayectoria estaba calculada para dejarlos justo sobre su punto de entrada: Terra Cimmeria.

Hemisferio austral. Coordenadas aproximadas 32° sur, 147° este. Un páramo de cráteres antiguos y paredes fracturadas. Superficie castigada por miles de millones de años de impactos violentos. Capas sobre capas de roca rota, vidrio de fusión, hierro oxidado. Un cementerio geológico tan viejo que, cuando aquí ya caían asteroides del tamaño de ciudades, la Tierra apenas era océano hirviente. En los mapas públicos, Terra Cimmeria es un desierto frío sin valor comercial.

En las cartografías clasificadas de W.I.L.D., tiene otra etiqueta: zona de alto interés.

Durante más de cien años, la humanidad intentó instalarse en Marte. Primero con máquinas. Luego con humanos. Luego con humanos rodeados de máquinas que les permitían fingir que seguían siendo humanos. Se enviaron hábitats presurizados, refinerías de hielo subterráneo, impresoras de cúpulas, sistemas de extracción atmosférica, drones terraformadores, IA autónomas para sostener colonias sin descanso, sin sueldo, sin derechos. Nada sobrevivió en Terra Cimmeria.

Hubo asentamientos que fueron tragados por tormentas electrostáticas que duraron semanas enteras y dejaron una costra de polvo cementado sobre todo: antenas, filtros, pulmones. Hubo robots mineros que perforaron demasiado profundo y dejaron de transmitir en seco, como si Marte hubiera cerrado la boca sobre ellos. Encargada de su “seguridad”, una IA —Minerva/47— que duró sesenta y un días en superficie antes de romper su pauta. No atacó a su equipo humano. No intentó tomar control de la nave. Simplemente empezó a construir. Columnas huecas. Arcos ciegos. Torres sin puertas. Geometrías que no servían a ningún propósito minero ni ambiental. Parecían templos, pero no eran templos. Antes de que la cortaran, Minerva/47 repitió una frase once minutos seguidos:
“Los dioses vienen.”

En Terra Cimmeria, las cosas no se rompen. Se corrompen.
Y ahí iba Alpha.
No iban a plantar bandera.
No iban a abrir ruta minera.
No iban a explorar.
Iban a tomar algo.
Iban a entrar donde nadie había logrado sostenerse vivo.
Iban a abrir CM3.

CM3 no era un nombre romántico.
Era una designación de archivo: Cimmeria Module 3. Oficialmente, una instalación científica profunda, excavada en la pared interna de un cráter de impacto antiguo, sellada contra tormentas, blindada contra escaneo orbital. Extraoficialmente, un sitio negro administrado durante décadas por personal bajo contrato de W.I.L.D., donde se experimentaba con “cosas demasiado delicadas para operar en la Tierra”.

Según los registros CM3 había existido desde la Segunda Guerra Mundial. Había pasado por distintos dueños, distintas banderas, distintas versiones oficiales. Había muerto y resucitado varias veces. Y luego, un año atrás, volvió a encenderse. Señal de vida. Actividad interna. Firma térmica compatible con personal humano en movimiento. Firma energética no compatible con nada humano conocido.

Desde entonces, silencio.
Hasta que mandaron el SOS.
Eso era lo que los había traído.
Eso, y algo más.

Dentro de la nave, el aire vibraba con el pulso constante de los sistemas vitales, pero no había pánico en la bahía de inserción. Había ritual.

Los ocupantes tomaban sus posiciones dentro de la bahía: tres cápsulas individuales de inserción atmosférica —cortas, densas, con blindaje ablativo exterior y retropropulsores de frenado integrados— esperaban aún desacopladas en el centro; rieles, anillos de sellado y brazos hidráulicos rodeaban el núcleo de eyección; pantallas, indicadores de presión y telemetría flotaban en luz tenue sobre las superficies. Los cascos de descenso descansaban todavía abiertos, imantados al costado de cada cápsula. Rostros descubiertos. Ojos visibles. Lenguaje directo.

Para alguien externo, esa bahía parecería una capilla.

No había música. No había gritos de guerra. No había frases heroicas. Solo el zumbido limpio del soporte vital, el siseo rítmico del oxígeno purificado corriendo por las líneas de respiración, y el golpeteo leve de metal contra metal cuando la nave compensaba vector.

Eran minutos prestados. Nadie los desperdiciaba.

El Equipo Alpha no era un escuadrón convencional.
No eran soldados de línea. Eran el resultado de empujar al ser humano más allá de lo permitido… y luego decidir seguir empujando. Alpha no existía en ningún comunicado oficial. Alpha se mencionaba en pasillos donde ya no existía jurisdicción civil.

Eran cuatro.
Tres cuerpos presentes.
Y uno que ya no necesitaba cuerpo.

Serena O’Conner estaba de pie frente al visor frontal, con una mano apoyada en el marco de contención. Había activado las botas magnéticas para fijarse al suelo de la bahía —una costumbre suya, casi un gesto de dominio del espacio—. No flotaba. Se plantaba. Aun así, su postura no tenía rigidez. Cada músculo estaba listo para moverse. Tenía el tipo de presencia que hace que un entorno entero se ordene sin que ella lo pida.

Piel pálida, casi luminosa bajo la luz roja suave que bañaba el compartimento. Mandíbula firme. Boca neutra. Ojos claros, fijos en la curvatura rojiza del planeta abajo. El cabello recogido en trenzas estrictas que descendían desde la coronilla hasta la base del cuello en líneas limpias, casi geométricas, como si alguien hubiera diseñado su peinado con la misma disciplina con la que se arma un rifle de precisión.

Serena no necesitaba levantar la voz para que el resto del equipo la escuchara. Tampoco necesitaba recordarle al cuarto miembro que ella estaba al mando ahora. Su posición lo decía todo: al frente, mirando Marte como si le perteneciera por derecho. No era una “ascendida”. Había sido preparada desde que respiraba. Era la hija de Wallace O’Conner. Y eso, por sí solo, cargaba más peso que un rango.


Wallace O’Conner no fue un general. No fue un político. Wallace fue la razón de que el mundo siguiera existiendo de forma reconocible.

Cuando la Tercera Guerra Mundial dejó de llamarse guerra y pasó a llamarse “reconstrucción”, las naciones ya no mandaban. Los gobiernos seguían hambrientos, pero sin autoridad real. Los ejércitos seguían armados, pero sin mando legítimo. Las corporaciones reclamaban territorios completos en público. Las ciudades cambiaban de dueño cada dos semanas. El orden internacional se volvió un animal herido, rabioso, sin collar.

W.I.L.D. nació en el hueco.
World Intelligence & Logistics Division.
En papel: una fuerza privada especializada en estabilización postconflicto, control de recursos críticos y seguridad infraestatal. En la práctica: la única estructura de poder con la capacidad real de decir “esto no se toca” y ser obedecida.

¿Cómo lo lograron?
No fue solo dinero.
No fue solo fuerza.
Fue lo que encontraron.

Las primeras instalaciones estables de W.I.L.D. no estaban en capitales ni en estaciones orbitales. Estaban en cicatrices geográficas que el resto del planeta había abandonado por imposibles: la Antártida profunda, los desiertos de Irak, el corazón del Amazonas, el Triángulo de las Bermudas.

Zonas rotas, prohibidas, donde la física empezaba a comportarse de manera incorrecta.

Allí, entre estructuras subterráneas que no pertenecían a ninguna civilización humana conocida, entre restos energéticos que no correspondían a ningún espectro tecnológico terrestre, y fragmentos de materia que no obedecían a la química conocida, W.I.L.D. recuperó artefactos imposibles.
La prensa clandestina —antes de desaparecer— lo llamó “tecnología perdida”.


Los fanáticos religiosos hablaron de “restos de ángeles caídos”. Los laboratorios de W.I.L.D eligieron algo menos lírico, y la palabra se volvió doctrina interna: anomalías arcanotecnológicas.

Ni ingeniería pura.

De ellas, salieron armas imposibles de contrarrestar, blindajes que no respondían a balística convencional, comunicaciones que no podían ser interceptadas, propulsión silenciosa, biotratamientos que rozaban lo sacrílego… y otra cosa más rara.

Voluntad hecha vibración.

Arcana.

Wallace lo vio. Wallace lo tomó. Wallace lo estructuró. Compró ejércitos. Compró energía. Pero sobre todo, compró silencio. Compró el derecho de definir “paz”. Y el mundo aceptó, porque la alternativa no era “otra potencia”. La alternativa era extinción. Un año después, ninguna nación quedaba en posición de declararle la guerra a otra sin permiso de W.I.L.D. No porque W.I.L.D. negociara. Porque si alguien intentaba moverse, W.I.L.D. le apagaba el músculo militar en cuestión de horas. Eso no se logra con tanques. Eso se logra con cosas que no deberían existir. El planeta entero lo entendió. No hubo más guerras declaradas entre países. Solo quedó un orden real. Y ese orden ahora estaba incompleto. Porque Wallace O’Conner había desaparecido. Aquí. En Marte. En Terra Cimmeria. En la sombra de CM3.


Serena había nacido en Antártida. Creció literalmente sobre una de esas cicatrices. No en una ciudad común, sino en una base cerrada, construida alrededor de un hallazgo arcanotecnológico que nadie fuera de W.I.L.D. sabía describir sin caer en misticismo. Su infancia fueron corredores blindados. Instructores en turno rotando cada seis meses con nombres falsos. Ejercicios tácticos a los ocho años. Lecturas de geopolítica a los nueve. Acceso restringido a zonas marcadas con símbolos que ningún idioma oficial reconocía. Desde niña escuchó el zumbido de la Arcana como otros niños escuchan neveras viejas en la cocina de casa. Desde niña supo que su vida entera iba en dirección a un punto, y ese punto era ocupar el lugar de Wallace. Solo había un problema. No había Wallace. Un año sin Wallace. Y W.I.L.D. seguía funcionando… pero no obedecía una sola voz. El mando había pasado a un consejo interno provisional que nadie reconocía públicamente. Mientras tanto, todo lo táctico en campo seguía funcionando con la misma precisión fría de siempre. Pero eso es lo que asustaba a Serena en secreto. Que el mundo siguiera funcionando sin él. Que siguiera funcionando con ella, incluso. Que quizá ese era el plan.


—Alpha, sincronía confirmada —dijo la voz. No vino de un cuerpo dentro de la bahía. Vino de todas partes. El tono era grave, controlado, limpio. Sin respiración. Sin eco local. Ajustado para sonar idéntico en cada punto de la nave. —En diez minutos entramos en ventana de lanzamiento. Nadie preguntó “¿quién habla?”. Era Khalid. Khalid Al-Falah. Ex comandante operativo de Alpha. Ex responsable de operaciones de inserción orbital. Ex humano completo. Ahora: mente distribuida. Había nacido en Dubái en 1989. Niño brillante. Adolescente insoportable. Adulto letal. A los diecisiete, ya ganaba simulaciones de guerra orbital contra personal militar veterano. A los veintidós, diseñó el primer abordaje a una estación en rotación sin bajas humanas en el equipo atacante. A los treinta, dirigía caídas atmosféricas en territorios que “no existían”. Después vino Helios II. Oficialmente: un fallo de contención térmica. Extraoficialmente: un intento de forzar a la Arcana a acatar ingeniería humana pura. Helios II casi lo mató. W.I.L.D. no lo dejó morir.


Diez minutos para que las cápsulas se sellaran alrededor de cada uno. Diez minutos para cruzar la línea entre “todavía podemos abortar” y “ya caímos”. Diez minutos para dejar de buscar respuestas desde arriba y entrar físicamente en ellas. El resto del equipo escuchaba. Wuzdrik estaba en la segunda cápsula de inserción, con la espalda apoyada contra el armazón y los pies sujetos al suelo por las botas magnéticas. Manos grandes —una carne, la otra metal oscuro— descansando sobre las rodillas blindadas del exotraje. Wuzdrik era grande. Incluso sin armadura, ya era demasiado volumen para un compartimento estándar. Con el exotraje puesto, daba la impresión de ocupar la mitad de la bahía. Mitad de él era metal. Mitad de él era cicatriz.


El brazo derecho entero era aleación negra militar, con juntas reforzadas y musculatura asistida. La pierna izquierda, también. Se notaban las soldaduras de reparación, líneas de unión como costuras brillantes bajo la luz roja. La mandíbula inferior estaba parcialmente reforzada; el contorno no era anatómico perfecto, era funcional. En el lado derecho del cráneo, donde el pelo ya no crecía, placas lisas de material compuesto asomaban bajo la piel como parches de obsidiana vieja. Su rostro tenía un ojo natural —azul, frío— y un implante cromado en el otro lado. Cuando te miraba, siempre parecía que te estaban evaluando dos realidades distintas. Sobre el hombro izquierdo del exotraje llevaba pegada una tira de cinta negra. Con marcador blanco industrial había escrito dos líneas: NO GODS. NO GRAVES. Debajo, su tipo sanguíneo. Debajo todavía, una identificación de software. “Por si me tienen que reiniciar”, decía siempre.


Para Wuzdrik, la muerte no era tragedia. Era colega de turno. Sintió el momento exacto en que el silencio empezaba a volverse demasiado denso, demasiado solemne, demasiado cerca de esa frontera mental donde la cabeza empieza a pensar en la estadística de supervivencia. Y habló. —Oye, Khalid —dijo con voz raspada de hombre que ha respirado humo y arena más que aire limpio—. Tú que todo lo sabes… tengo una duda existencial antes de morir. Desde la tercera cápsula se oyó un resoplido corto. —Ya empezó… —murmuró Makrov, apenas audible.


Extrajeron lo que quedaba viable: cerebro, tallo, fragmentos de columna cervical, matriz límbica. Lo encapsularon en soporte biológico. Lo conectaron a los sistemas de control táctico interno. Primero a corto alcance. Luego a las redes orbitales. Luego a la infraestructura estratégica de W.I.L.D. Ahora Khalid no “estaba” en la nave. Khalid era la nave. Y la órbita. Y los satélites. Y las antenas que escuchaban el polvo marciano por debajo de la arena. Oficialmente, nadie debía referirse a él como “humano” en registros operativos. Extraoficialmente, Alpha nunca dejó de tratarlo como hermano. —Ritmos cardiacos dentro de parámetro —continuó, con esa calma que servía igual para tranquilizar que para advertir—. Saturación aceptable. Respuesta neuromotora estable. Interferencia atmosférica dentro de margen. Nada que no puedan manejar. Esa última línea siempre quería decir lo mismo: “Si fueran otra unidad, estarían muertos. Pero ustedes no son otra unidad”. Serena no respondió enseguida. No necesitaba. Tensó apenas la mano que apoyaba en el marco del visor frontal. Diez minutos.


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